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Compartir la Danza 2 -- Amistades Peligrosas

(...)

Al caer la tarde, la sala de juegos del castillo se llenaba de las risas y charla de la corte. Mientras las charolas con chocolates y pastelillos pasaban de mesa en mesa, champaña se servía en copas de cristal y las cartas del juego se repartían entre los presentes en la mesa de la Reina, quien disfrutaba de los momentos de ocio como este. Y mientras lanzaba las cartas y reía en compañía de su corte, Opera entraba a la habitación, saludando con un cortés movimiento de cabeza. Se dirigió a la reina y tomó asiento detrás de ella, besándole el cuello con ternura al hacerlo.

- ¿Es oficial? – preguntó ella sin quitar su atención de la mano de cartas.
- Desgraciadamente sí: Folklore aceptó ir y planea llevarse a su cuadro estrella. Me dicen que Adagio ha estado hablando con sus amigos otra vez.
- ¿Supones que irá entonces?
- Y hará todo lo posible para que nosotros no nos demos cuenta de su salida, - dijo Opera viendo a su alrededor y tomando una copa con champaña de la charola que pasaba frente a él – como usualmente... aunque ahora me he enterado de que ha convencido al dizque gemelo de Heavy Metal para que se haga pasar por ella. Pienso darle tormento en su estancia, ¿crees que soy cruel?
- Sólo lo suficiente para entretenerme, querido. ¿Avisaste a alguien?
- Pensé en decirle a Arhes que la siga.
- ¿Arhes? – rió la Reina volviéndose a verle con una mirada juguetona - ¿Qué no tiene prohibida la entrada a Divina desde el incidente con las gallinas y los aprendices de Nocturno?
- Es cierto.
- Folklore estará ahí y supongo que Trova irá también. Ya son dos guardias vigilando a Adagio. ¿Necesitamos un tercero?
- Supongo que no.
- Además, - dijo la Reina volviendo a su juego – no es la primera vez que se escapa de la ciudad con sus amigos; siempre regresa con un buen humor y en perfecto estado de salud.
- Sí pero, ¿por qué irse a escondidas? Me siento algo traicionado.
- Es joven; Acústico era igual... y Vodka...
- Acústico terminó enamorado de un demonio y muerto la primera vez y Vodka tiene malos genes.
- ¡Outch! – exclamó la Reina jugando a hacerse la ofendida – Recuerda que la mitad de esos malos genes son míos.
- Bueno, tiene mitad de malos genes.

Ella se giró completamente para darle la cara a su esposo. – Adagio estará bien. Tiene dos guardias con ella y sus amigos siempre procuran traerla en un solo pedazo. Además, estará bajo la vigilancia de Nocturno que sea lo que sea sigue teniendo ciertos lazos de amistad con el Reino.
- Frívolos…lazos de amistad. – dijo Opera sin quitarle la mirada de los labios.
- Pero lazos después de todo. – dijo la Reina sintiendo la mirada intensa del ángel y sonriendo cuando éste se acercó a besarla.
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Compartir la Danza 2 -- Amistades Peligrosas

Ahora…

- ¡Leprosa!

Irasumi se detuvo furiosa y se volteó para aventarle una manzana a medio comer a Leyb, quien apenas tuvo tiempo de agacharse para evitarla pero Devon no tuvo la misma suerte y fue él quien terminó con el manzanazo en la frente. Estaban a la salida del colegio, bajando el sol para dar lugar a la tarde de un largo fin de semana.

- ¡Órale! - exclamó Leyb asustado - ¡¿O sea, aparte de leprosa, salvaje?! ¿O cómo?

- ¡Eres un infeliz! - chilló Irasumi acercándose - ¡Una infeliz rata bastarda que hasta parece que es tu pasatiempo hacerme la vida imposible! - y a este punto ya todos comenzaban a detenerse para ver una escena más de lo que ya para estas alturas era el chisme del siglo.

- ¡Épale, épale! ¡Para tus gallos, comadre! La ofensa tiene medidas...

- Para ti, no existen las medidas Leyb: haces lo que se te pega en gana sin medir si le haces daño a la gente o no - dijo Irasumi tratando de controlar su coraje - ¡y no importa que se trate de tu propia hermana!

- ¡No entiendo por qué te enojas tanto! - exclamó Leyb cruzándose de brazos - No es como si no fuera cierto que Arhes se la pasa haciendo guardia en la ventana.

Irasumi lo miró con coraje. - Eres un imbécil, ¿sabías eso? - dijo antes de pasar de largo.

Leyb la vio alejarse mientras Devon se acercaba doliéndose del golpe. - ¿Y ahora a esta qué le pasa? - dijo Leyb - No recuerdo que antes le importara el qué dirán... ¿Serán las hormonas de la adolescencia?

- En verdad que eres un idiota. - dijo Devon a manera de regaño.

- ¿Tú también?

- Leyb: está en la misma clase que Alegreto, Sílfide y la presumida esa de Loretta. ¿Crees que no le dan infierno suficiente con lo de Adagio como para que tú andes regando el tepache?

Leyb quiso responder a las acusaciones pero nada se le vino a la cabeza. - Sí, bueno… lo que no mata endurece, ¿eeh? - dijo al fin - Además, yo nunca dije que era su amante, esa parte quién sabe quién se la agregó.

Devon rió. - Tienes que disculparte con ella... otra vez.

Leyb gruñó. Era la cuarta vez en el mes que se disculpaba con su hermana por lo mismo. Irasumi no era bien recibida en su clase por varias razones: que porque no era un ángel, que porque era pobre, que porque era leprosa, que porque creció en un orfanato, que estaba ahí porque tenía la gracia de la princesa, que por muchas cosas. Y luego, un par de días atrás, a su brillante hermanito se le había salido comentar que el amiguito de Irasumi la visitaba para platicar en su ventana por las noches – casi todas las noches. Tal vez esto no hubiera causado tanto revuelo, si no ha de ser porque también se le salió decir que el amiguito de Irasumi era Arhes.

II
Ciudad Divina era la hermana menor de Ciudad Música. Ahí vivían los ángeles al servicio de Nocturno y el Templo de Sev se levantaba como pieza central por encima de la ciudad, con su enorme torre-reloj que se divisaba desde varias millas a la distancia como una bienvenida a todos los viajeros que atravezaban la zona porque, a diferencia de la Ciudad Música, los mortales eran bienvenidos en Divina, e inclusive algunos de ellos habían hecho sus vidas ahí, aprendiendo oficios de los ángeles con bastante destreza. El comercio era principalmente de especias, agricultura y artesanía, y por ello la divinidad principal era Devarah, Diosa de la Agricultura a la que le dedicaban el Festival de Samhen, o de la cosecha, cuando las hojas de los árboles comenzaban a secarse y la llegada del primer sereno del invierno. Decían las leyendas que era en estas fechas cuando la diosa, en su aspecto ya acabado, bajaba al inframundo junto con su consorte para luego renacer en la forma juvenil de Litha, el festival de la primavera.

En Samhen, las casas olían a calabaza, pastel de manzana y canela. Se servía el tradicional YXTIOT, una bebida que calentaba los huesos y traía buena fortuna a quien lo bebía. Se adornaban las casas con colores serenos como el negro, el violeta y el naranja, dándole la bienvenida a los espíritus que salían del inframundo para acompañar a la Diosa en su travesía. El panteón se iluminaba con veladoras hechas de cebo y adornadas con florecitas secas y papel acartonado en formas de lunitas y estrellitas. Por supuesto, la ceremonia en donde se levantaba la cosecha era el atractivo principal de la fiesta: se bailaba alrededor de los campos para bendecir los frutos y para saludar a la tierra que daría a luz en el ciclo entrante; se levantaban los frutos y se compartía la dicha. El festival de danza comenzaba al tercer día y el ganador del festival se llevaba una gran canasta de flores, dulces, frutos y la medalla que la sacerdotiza de Sev les otorgaba como reconocimiento en representación de la diosa. Los ángeles hacían hermosos rituales a la luz de la luna en el Templo de Sev y el ciclo de cinco noches terminaba con una gran cena en el centro de la ciudad, todos compartiendo el plato, junto con Nocturno a la cabeza de la mesa. Tal vez esa era la única vez en el año que los habitantes de Divina veían a Nocturno, porque usualmente el ángel de la noche estaba recluído en el templo de Sev, entregado en cuerpo y alma a sus meditaciones a la Diosa de la Noche, Acbal.

Como todos los años, se hizo la invitación a las celebraciones a la Ciudad Música, en particular al festival de baile. La Ciudad Música tenía una escuela de danza cuya importancia podría ser considerada menor con respecto a las otras escuelas que existían dentro de la ciudad. Entonces, los de Divina, enviaban la invitación con la esperanza de que, como todos los años, los de la susodicha escuela declinaran cortésmente su participación y se limitaran a acudir en compañía de su Reina. Entonces, los de Divina, se pavoneaban con sus demostraciones de danza... o al menos así lo describía el Maestro de la escuela de Danza de la Ciudad Música, quien siempre sonreía falsamente ante las bromas hechas a sus costillas por parte de los ángeles danzantes de Divina.

- Los tambores siempre están fuera de ritmo, los cantantes parecen animales en agonía... ¡y uno ahí, de baboso, aplaudiéndoles sus cochinadas como si estuvieran tan bonitas!

Se llamaba Besilthe, pero todo el mundo lo conocía por su nombre-clave de Folklore. Se había ganado el mote de su padre luego de que estuvo bailando frenéticamente durante casi siete días en honor de la Diosa de la Danza allá en el cerro del Giste para que mejoraran las cosas en la ciudad... eso y había heredado el don de su padre de poder convertir cualquier instrumento musical en un arma energética, por más comun que el instrumento fuese, y al momento en que lo soltaba, el instrumento regresaba a su estado natural. Aparte del don, había heredado el mal genio: perfeccionista de hueso colorado, era famoso por su tendencia a aventar las cosas cuando algo no le salía bien, o de regañar a los bailarines al grado de hacerlos llorar (inclusive a los varones). No así su hermana mayor, Tlacoani, conocida como Trova, quien tenía el don de su madre de poder influenciar en el subconsciente, causando sueño y manipulando la mente de sus enemigos con su canto y quien había sido bendecida con el buen humor, aunque provocar a su "baby brother" era su deporte favorito.

Folklore se había hecho cargo del dojo de danza familiar, ya algo en ruinas, y lo había medio levantado para ofrecer las clases de danza nuevamente y ahora habían recibido la invitación anual. Esta vez, sin embargo, Folklore estaba que casi se suicidaba. Había logrado ensamblar a un grupo de danzantes dignos de dejar como palo de gallinero a cualquiera que les pusieran enfrente y su principal estrella no iría a ningún lado luego de que - junto con su amiguita - envenenaran a Arhes y a Réquiem con una poción de amor. La Reina había dado el tajante "NO" a la petición de llevarse a Adagio al festival, por más que Folklore le rogó y le rogó para que le permitiera asistir.

- Esos dos son un par de maricas. ¡Si unas lepas los envenenaron entonces ni deberían de ser guardias de la Reina!

- Te estás acercando al problema de manera errónea, hermanito tontito. - dijo Trova. Limpiaban unos cascabeles con los que harían adornos para las piernas a manera de que sonaran cuando estuvieran bailando - Francamente, la idea de que la Reina permitiría que Adagio saliera de la ciudad, inclusive en circunstancias normales, suena ridícula... hasta cuando practicas tu discurso de los pros y los contras una y otra vez.

- ¿Me estás llamando imbécil? - gruñó el otro.

- No... bueno, no en tu cara. Mira, tienes que hacer que sea Adagio la que solucione el problema... O, mejor dicho, sus amigos.

Le tomó a Folklore exactamente tres horas en entender lo que Trova le dijo, pues luego de tirarla a león, se fue al dojo en donde vio a Adagio llegar en compañía de Irasumi (su mejor amiga y una novata en el centro de danza a la cual Folklore le miraba un futuro igual de prometedor que su actual estrella) y del mafioso más temido por la corte después de Heavy Metal.

Leyb Rock tenía fama -- mala fama. Y uno no se hace de la mala fama nada más porque sí, sino que toma un gran esfuerzo por conseguirla. Leyb se la había ganado a pulso. Por eso, cuando Adagio le contó que no iría al festival porque su castigo no había sido levantado (aunque a Irasumi ya le habían levantado el castigo tres oficial meses antes), Leyb como que lo tomó como reto personal hacer que eso pasara. Al fin y al cabo, no iría a ser la primera vez que sacaran a la princesa de la ciudad sin el concentimiento de su madre y a escondidas de todo el mundo.

- Tú estás loquito, - le dijo Devon. Ambos hermanos estaban sentados en las escaleras del dojo, esperando a que su hermana, Irasumi, saliera de ahí con Adagio para los cuatro ir a casa de Góspel, donde acostumbraban a ensayar con el grupo de rock en el que todos participaban - digo, ¿cómo carajos se te ocurren semejantes barbajanidades?

- ¡El plan es tan sencillo que resulta imposible de que falle! Además, ¿no anda diciendo toda la vida que le gustaría vivir en palacio? Bueno, esta es su oportunidad de oro.

- ¿Y ya le dijiste?

- No. Quería decirle primero a Adagio para ver qué opina. Necesitará entrenamiento para hacer el papel. Además, ¿qué puede perder aquel?

- Honor, dignidad, autoestima...

- Devon, eso se fue por la ventana cuando decidió ser el clon de mi tío Heavy.

Folklore y Trova salieron del dojo poco después de haber terminado las prácticas. Ahí se encontraron con Adagio y compañía haciendo una bolita en los escalones. La chica en cuestión los vio salir e inmediatamente levantó el brazo a manera de saludo. Quería llamar la atención de su maestro, a quien llamó con entusiasmo.

- ¡Folklore! - exclamó con las mejillas ruborizadas de la emoción - ¡Sensei! ¡Cuente conmigo!

El rostro de Folklore se iluminó como el de un niño al que le dicen que la Navidad llegará dos veces ese año. Se volvió a ver a Trova, quien rió y dijo con un guiño:

- Te lo dije.
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Compartir la Danza 1 -- La Diosa del Amor

Entonces…

Era ya pasada la medianoche y Arhes todavía estaba meditabundo acerca de los eventos acontecidos pocos días antes, cuando Aik regresó a la ciudad luego de ir en busca de su hermano y le había entregado el amuleto que ahora examinaba en su mano. Sentía algo similar a un vacío, como quien pierde algo muy preciado y sabe que no lo podrá recuperar nunca. Cierto era que él e Ypsilon no eran los mejores amigos del mundo, y era exactamente por eso que no comprendía la raíz de ese sentimiento extraño que le invadía las entrañas. No ayudó en nada la mención del sarcófago en la antigua ciudad que había hecho Aik durante la audiencia. Aunque después fueron a verificar, encontraron el sarcófago intacto y lo llevaron con Escrandy para mantenerlo seguro (con nuevos sellos mágicos y toda la cosa), si Arhes sabía algo era que Aik no inventaría una historia así nada más porque sí; esa historia era algo que en el futuro le quitaría el sueño y le traería pesadillas durante días y días. Claro, esto último Arhes no lo sabía, pero ya lo intuía pues las plumas que le brotaban de la espalda se levantaban avisándole que algo malo estaba a punto de pasar y usualmente esas plumas nunca mentían.

Viendo el amuleto en su mano tomó una decisión que mucho tiempo después se arrepentiría de haber hecho pero que si tal vez no la hubiera tomado se hubiera arrepentido igual. Era una de esas situaciones en donde uno se malea de cualquier forma. Por eso, Arhes emprendió el vuelo esa misma madrugada al oriente, a una región conocida como Kileken, el hogar lago hermoso conocido como Kitoko, honor por el cual le pusieron así a la ciudad que se asentaba a unas millas de ahí. La gente de Kitoko era alegre, tocando su música usando el panweb que sonaba como el silbido que hacen los pájaros al encontrarse con el pedazo que les concede el alma y usaba hermosos trajes de colores cálidos que ablandaban el espíritu y lo llenaban de júbilo. El lago Kitoko es el hogar de Lostris, la dama del lago, que luego de enamorarse de los hermanos Rabi y Jumoke, los convirtió en ríos que desembocan en ella y la llenan de besos y caricias.

Es ahí, cerca del lago, que se encuentran las ruinas de lo que anteriormente había sido un templo a la deidad divina del amor Asthore; el templo había sido abandonado luego de la hecatombe que cambió el rumbo de la vida de Ultarsiep. La adoración a Asthore había sido reemplazada por las festividades de Oratas, la venida de la primavera encomendada entonces al dios Tuwa, el que creó las estaciones y quien junto con su gemelo, Tawu, recolectaban la cosecha en Sainmha, la celebración del ocaso. El caso es que Arhes se dirigió a la casa de Asthore y a ella llegó al tercer día de su partida de la Ciudad Música. Sabía que la Reina esperaría una explicación por el abandono de su puesto, pero como recientemente había adoptado ese mantra que "es mejor pedir perdón que pedir permiso", entonces ya se le ocurriría algo para contarle a la Reina.

El lugar era amplio y todavía tenía un ligero aroma a incienso que tal vez se debiera al material de las paredes a medio sostener. En el altar estaba la figura arruinada de la diosa, con enredaderas cruzando por sus brazos a la mitad y el color ocre por la humedad que se sentía por todos lados. Ya no estaba la losa ni tampoco los cristales de cuarzo rosa que colgaron alguna vez del techo. Sintiéndose agradecido de que aquello ya estuviera más al aire libre que otra cosa, Arhes descolgó la mochila que llevaba al hombro y de ella sacó una manta de color violeta con lunas y estrellas estampadas de colores tenues. Luego, sacó cinco velas blancas, mismas que colocó alrededor de la manta y la figura de la diosa, creando una estrella de acuerdo a la posición de las velas. Una vez hecho esto, se sentó sobre la manta y de cara a la diosa en posición de loto. Aplaudió y las velas se encendieron; colocó una vasija de porcelana blanca al frente y ahí puso tabletas de incienso de jazmín mismas que comenzaron a elevar su olor cuando Arhes les prendió fuego. Había pasado un buen desde que había hecho esto, pensaba mientras sacaba las hojas de frambuesa y los pétalos de rosa para arrojarlos al fuego del incienso. Luego, cerró sus ojos y comenzó a concentrarse, respirando el aroma del jazmín lentamente, escuchando el ruido lejano de los ríos y el sonido de las aves afuera. Enredó el amuleto de Ypsilon en su mano derecha y la colocó sobre la llama que se iba apagando del incienso, el pendiente del amuleto apenas tocando la lengua del fuego. Entonces comenzó un canto en una lengua ampliamente conocida por él pero que tal vez otros ángeles musicales la encontrasen extraña:

Asthore, diosa de la belleza,

Diosa de gran poder

Diosa de hombres y mujeres

Diosa del Amor

Lléname con tu luz y con tu magia

Déjame brillar tanto como la estrella de la mañana

Te invoco ahora a que me acompañes este día

Te invoco de tu mundo divino

Para que llenes mi espíritu con el amor que te envuelve

El fuego lanzó unas chispas hacia la mano de Arhes, pero el ángel no perdió su concentración. De pronto, sintió la ventisca entre sus plumas y el aroma a flores nocturnas. Lentamente abrió los ojos; estaba en un valle con una luna llena y el cielo cuajado de estrellas como su única fuente de luz. El piso estaba cubierto de las florecitas de la noche, abriéndose lentamente como si le dieran la bienvenida y al abrirse, mariposas salían de ellas, lanzando chispitas de polvo dorado en sus primeros aleteos, algunas de ellas posándose en Arhes para provocarle cosquillitas con sus diminutas alas. A lo lejos, el ángel divisó la figura femenina de la diosa que se acercaba. Era como ver al ser amado del que no se sabe nada durante años de ausencia; era ver de frente al pedazo de alma que se arrebata al momento de la creación y sentir que falta el aire para llenar los pulmones, que faltan latidos para bombear la sangre y que falta tiempo para admirar la belleza interna que emana en el aura. Se puso de rodillas y se sentó sobre sus piernas, bajando sus alas en actitud sumisa y con mirada feliz pero llena de arrepentimiento – por no verla, por no venir antes, por ser el emisario de las noticias que ahora presionaban más su corazón.

Asthore era hermosa en todo el sentido de la palabra.

Con candidez abrazó a Arhes cuando estuvo cerca y delicadamente acarició el cabello del ángel que se aferró a ella como niño que encuentra el camino a su madre.

- Ya no está, lo he sentido - le dijo. Hablaba en susurros delicados y melodiosos. Tomó el rostro de Arhes entre sus manos. Ella estaba arrodillada y sus ojos se derretían en la luz de la deidad frente a él - La luz de Ypsilon se ha extinguido de manera espontánea. No ha cruzado del otro lado del velo. No podrá reencarnar. Sólo quedamos tú y yo, mi amado Rasul.

Arhes tomó las manos de la Diosa y las bajó a su regazo. - Dime lo que hay que hacer, - le dijo - que ahora yo soy encargado de protegerte, de velarte y de adorarte.

- Ypsilon era mi arcángel; era quien mantenía mi energía alineada con el universo, quien recordaba a mis devotos que yo seguía presente. ¿Podrás serlo tú, siendo que tu palabra ha sido dada a la Reina Música y la diosa que esta representa?

- Soy un ángel musical; Ictal es mi diosa y por ella mi corazón vibra con la música que forma mi ser. Pero tú eres mi única y por ti, mi alma vibrará con el fuego que llevo dentro, que me da vida aquí y siempre.

- Entonces prométeme, que no habrá musa más que yo para esa música... y que serás mi ángel supremo, para adorarme y renacer conmigo.

Arhes puso ambas palmas juntas frente a Asthore y entonces ella pasó su dedo por encima, abriendo la piel del ángel para que brotara la sangre carmesí. Sin quitar su mirada de los ojos de la diosa, el ángel dijo: - Fruta de rubí, perla de sangre, rojo de amor, este regalo te lo hago yo.

La diosa puso sus manos sobre las heridas de Arhes. - Ubur inna absin galla balag ussa, imrihamun. - dijo y lo repitió varias veces hasta que Arhes cerró los ojos y comenzó a repetir lo mismo. Sintió entonces que su cuerpo ardía con un calor sólo explicable por medio del éxtasis que provoca un orgasmo. Al abrir sus ojos estaba de vuelta en el templo, respirando agitadamente con el amuleto aferrado en su mano, el fuego apagado y las velas completamente consumidas.

Permaneció largo rato ahí, observándolo todo detenidamente. Se colocó el amuleto alrededor del cuello y salió; el aire se respiraba diferente, los colores eran más vibrantes y los sonidos eran tan claros y hermosos, que inmediatamente supo por qué Ypsilon siempre le criticaba que a su música (de Arhes) le faltaba magia para alcanzar el nivel que provocara el éxtasis en la Diosa.

- ¡Qué razón tenías! - dijo Arhes dibujando una sonrisa y viendo al cielo cuajado de estrellas en medio de ese valle.
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