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La Ley del Amor (Fragg)


Del Libro "La Ley del Amor" de la Escritora Laura Esquivel... 
 ¿Es acaso nuestra mansión la tierra?
No hago más que sufrir, porque sólo en angustias vivimos.
¿He de sembrar otra vez, acaso,
mi carne en mi padre y en mi madre?
¿He de cuajar aún, cual mazorca?
¿He de pulular de nuevo en fruto?
Lloro: nadie está aquí: nos han dejado huérfanos.
¿Es verdad que aún se vive
en la región donde todos se reúnen?
¿Lo creen acaso nuestros corazones?
Ms. «Cantares Mexicanos», fol 13 v.
Trece poetas del mundo aztecaMIGUEL LEÓN- PORTILLA 

Ser Ángel de la Guarda no es nada fácil. Pero ser Anacreonte, el Ángel de la Guarda de Azucena, realmente está cabrón. Azucena no entiende de razones. Está acostumbrada a hacer su santa voluntad. Quiero dejar sentado que esa «santa» voluntad no tiene nada que ver con la divinidad. Ella no reconoce la existencia de una voluntad superior a la suya, por ende, nunca se ha sometido a ninguna orden que no sea la que le dictan sus deseos. Dándonos una licencia poética, diríamos que soberanamente se pasa la voluntad divina por el arco del triunfo, y continuando con la licencia diríamos que, por sus huevos, ella decidió que ya era justo y necesario conocer a su alma gemela, que ya estaba harta de sufrir y que no estaba dispuesta a esperar ni una vida más para encontrarse con ella. Con gran obstinación, realizó todos los trámites burocráticos que tenía que ejecutar y convenció a todos los burócratas que encontró en su camino de que la tenían que dejar entrar en contacto con Rodrigo. Yo no la critico; me parece muy bien. Supo escuchar su voz interior correctamente y, a fuerza de voluntad, venció todos los obstáculos. Lo que pasa es que ella está convencida de que triunfó por sus huevos, y está en un error: si todo salió bien fue porque su voz interior estaba en completa concordancia con la voluntad divina, con el orden cósmico en el que todos tenemos un lugar, el lugar que nos corresponde. Cuando lo encontramos, todo se armoniza. Nos encauzamos en el río de la vida. Nos deslizamos fluidamente por sus aguas, a menos que encontremos un obstáculo. Cuando una piedra está fuera de lugar, impide el paso de la corriente y el agua se estanca, apesta, se pudre.
Es muy fácil detectar el desorden en el mundo real y tangible. Lo difícil es encontrar el orden de las cosas que no se ven. Pocos pueden hacerlo. Entre ellos, los artistas son los «acomodadores» por excelencia. Con su especial percepción deciden cuál es el lugar que debe ocupar el amarillo, el azul o el rojo en un lienzo; qué lugar deben ocupar las notas y qué lugar los silencios; cuál debe ser la primera palabra de un poema. Van armando rompecabezas guiados únicamente por su voz interior que les dice «Esto va aquí» o «Esto no va aquí», hasta poner la última pieza en su lugar.
Si dentro de cada obra artística hay un orden predeterminado para los colores, los sonidos o las palabras, quiere decir que esa obra cumple un objetivo que está más allá de la simple satisfacción del autor. Significa que desde antes de que fuera creada ya tenía asignado un lugar específico. ¿Dónde? En el alma humana.
Por lo tanto, cuando un poeta acomoda palabras dentro de un poema de acuerdo con la voluntad divina, está acomodando algo en el interior de todos los seres humanos, pues su obra está en concordancia con el orden cósmico. Como resultado, su obra circulará sin obstáculos por las venas de todo el mundo, creando un vínculo colectivo poderosísimo.
Si los artistas son los «acomodadores» por excelencia, también existen los «desacomodadores» por excelencia. Son aquellos que creen que su voluntad es la única que vale. Los que tienen el poder suficiente, además, para hacerla valer. Los que creen tener la potestad para decidir sobre las vidas humanas. Los que ponen la mentira en lugar de la verdad, la muerte en lugar de la vida, el odio en lugar del amor dentro del corazón, obstaculizando por completo el flujo del río de la vida. Definitivamente, el corazón no es el lugar adecuado para el odio. ¿Cuál es su lugar? No lo sé. Ésa es una de las incógnitas del Universo. Pareciera que a los Dioses como que les gusta el desmadre, pues al no haber creado un lugar específico para poner el odio, han provocado el caos eterno. El odio forzosamente se busca acomodo, metiéndose donde no debe, ocupando un lugar que no le pertenece, desplazando inevitablemente al amor.
Y la naturaleza, que, al contrario que los Dioses, es bastante ordenada, casi neurótica, podríamos decir, siente la necesidad de entrar en acción para mantener el equilibrio y poner las cosas en donde deben estar. No puede permitir que el odio se instale dentro del corazón, pues esta energía impediría la circulación de la energía amorosa dentro del cuerpo humano, con el grave peligro de que, al igual que el agua estancada, el alma se apeste y se pudra. Tratará de sacarlo, pues, a como dé lugar. Es muy sencillo hacerlo cuando el odio anidó en nuestro corazón por equivocación o descuido. La mayoría de las veces basta con ponernos en contacto con obras artísticas producidas por los «acomodadores». Al hacerlo, el alma se separa del cuerpo. Se deja elevar a las alturas por la sutil energía de los colores, los sonidos, las formas o las palabras. La energía del odio es tan pesada, literalmente hablando, que no entiende de estas sutilezas y le es imposible elevarse junto con el alma. Se queda dentro del cuerpo, pero como ya no «se halla», no encuentra sitio que le acomode, y decide irse a buscar un lugar más acogedor. Cuando el alma regresa a su cuerpo, ya existe un lugar dentro del corazón para que el amor ocupe su sitio. Así de sencillo.
El problema existe cuando el odio fue puesto en nuestro corazón por la acción directa de un «desacomodador». Cuando nos vemos afectados por el hurto, la tortura, la mentira, la traición, el asesinato. En esos casos, el único que puede quitar el odio es el agresor mismo. Así lo indica la Ley del Amor. La persona que causa un desequilibrio en el orden cósmico es la única que puede restaurarlo. La mayoría de las veces no es suficiente una vida para lograrlo. Por eso, la naturaleza permite la reencarnación, para dar oportunidad a los «desacomodadores» de arreglar sus desmadritos. Cuando existe odio entre dos personas, la vida los reunirá tantas veces como sea necesario hasta que éste desaparezca. Nacerán una y otra vez cerca uno del otro, hasta que aprendan a amarse. Y llegará un día, después de catorce mil vidas, en que habrán aprendido lo suficiente sobre la Ley del Amor como para que les sea permitido conocer a su alma gemela. Esa es la mejor recompensa que un ser humano puede esperar de la vida. Y pueden estar seguros de que a todos les va a tocar, pero a su debido tiempo.
Esto es lo que mi querida Azucena no entiende. El momento de conocer a Rodrigo ya le había llegado, pero no el de vivir a su lado pues, antes, ella tiene que adquirir mayor dominio sobre sus emociones, y él saldar deudas pendientes. Debe poner algunas cosas en su lugar antes si pretende unirse para siempre con ella, y Azucena va a tener que ayudarlo. Esperamos que todo salga bien para beneficio de encarnados y desencarnados. Pero yo sé que va a estar dificilísimo. Para triunfar en su misión, Azucena necesita mucha ayuda. Yo, como su Ángel de la Guarda que soy, tengo la obligación de socorrerla. Ella, como mi protegida, tiene que dejarse y seguir mis instrucciones. Y ahí está lo cabrón. No me hace el menor caso. Llevo cinco minutos diciéndole que tiene que desactivar el campo áurico de protección de su casa para que Rodrigo pueda entrar y tal parece que le estoy hablando a la pared. Está tan emocionada con la idea de conocerlo que no tiene oídos para mis sugerencias. A ver si el pobre novio no se le estropea mucho al querer cruzar la puerta. ¡Ni hablar! Al fin que por mí no ha quedado. Le he susurrado una y mil veces lo que tiene que hacer ¡Y nada! Lo que más me preocupa es que si no es capaz de escuchar y ejecutar esta orden tan simple, qué va a ser cuando de veras dependa de mi cooperación para salvar su vida. En fin, ¡que sea lo que Dios quiera!

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