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Tai Ithemba: Capítulo 1 (1er Draft)


Tai Ithemba. Capítulo 1


La nieve le sienta bien a Merea.

Las colinas se ven tan inmaculadas, como un vasto desierto de nieve y hielo que apenas alcanza la vista para cubrirlas por completo. La pequeña ciudad queda a varios días al norte de Kraveh, la capital del imperio, y mi abuela, tan romántica como era, convenció a mi madre de dar a luz a su sexta criatura en Merea durante el invierno, el lugar que había visto nacer a mi padre, el Tercer Ministro Consultor en la Corte de Su Majestad. Y ahí pasó Neemi D’Evin los últimos días de su embarazo. Aquella era una enorme mansión de tres pisos que se erguía imponente en medio de tierras heladas. Tenía muros gruesos, costados con una gran cantidad de ventanales labrados de una manera tan artística que parecía que las figuras saltarían a la vida de un momento a otro. Era en el primer piso de esta hermosa mansión en donde mi madre tenía sus aposentos. Todos los días la servidumbre cambiaba el manto de colores, colocaba flores frescas y cambiaban el agua del tocador, y aunque las ideas románticas de la abuela hicieron que la criatura naciera en Merea, mi madre siempre tuvo la idea de que el parto debió de haber sido en Kraveh, como el resto de sus hijos mayores. Son un mundo de diferencia, Merea y Kraveh, pues mientras la última te hace fuerte, la primera te embarra de su melancolía y la criatura en su vientre tenía que ser tan fuerte como las rocas de las montañas que rodean Kraveh, y no tan suave como la nieve que parece no querer abandonar nunca a Merea.

Rodeada de un hermoso jardín blanco, la casa siempre parecía estar viva. En la planta baja se encontraban las salas, los salones, los comedores y la cocina, en donde el ajetreo parecía nunca tener fin. En el primer piso, como ya lo mencioné antes, estaba la recámara de mi madre, la de mi abuela, los cuartos de los huéspedes, las salas de los niños, la biblioteca, el salón de música y el estudio, en donde mi padre pasaba la mayor parte de su día, recibiendo invitados importantes o atendiendo cuestiones relacionadas con el imperio. En el tercer piso tenían lugar las recámaras de los criados y las doncellas. Afuera, en el jardín, teníamos corrales con varios animales y cobertizos con todo tipo de coches. Había un apartado especial para los hermosos ejemplares drieschni que mi padre coleccionaba desde joven y que ahora era una especie de negocio familiar pues la calidad de estos hermosos animales era bien conocida por todos los rincones del imperio.

Aunque siempre me jactaba de tener una memoria impecable, debo reconocer que apenas sí recuerdo el tiempo que pasé en el cuarto de los bebés. Pero en cuanto me trasladaron al cuarto de los niños, Areishka Obale dejó de ser mi nana para convertirse en mi institutriz, justo como lo había hecho con mi hermana mayor, Yanara, quien para cuando yo llegué al mundo ya era una mujer casada y con hijos propios. Areishka me despertaba muy temprano pero me permitía permanecer un largo rato en cama para entrar al mundo poco a poco y de buen humor, pues decía que uno no puede recibir los regalos que el universo nos da día con día con un genio mal habido. Una vez de pie, era derechito al baño para luego vestirme con ropas limpias y pasar por la tormentosa ceremonia de desenredar mis cabellos y hacer de ellos un peinado decente. Al bajar al comedor menor, mi abuela y mis padres ya esperaban para darme los buenos días e iniciar el desayuno. Una vez terminado, pasaba directamente a la biblioteca, donde mis tutores me enseñaban idiomas, geografía, historia, aritmética, literatura, declamación y caligrafía. A medio día la abuela siempre interrumpía mis estudios para llevarme a ver si la ropa nueva me quedaba adecuadamente o si habría que hacer algún arreglo, pues como ella decía, inclusive una pequeña ishka debe verse como una verdadera emperatriz. Mi abuela era muy parecida a mí, con la clara excepción del cabello azul y los ojos violetas que había heredado de mi madre. Tenía una voz recia, pero las manos suaves y la elegancia impecable. Usaba el tradicional kovo que usaban todas las viudas de los héroes de guerra y siempre llevaba sus cabellos (que a pesar de su edad seguían conservándose hermosos y negros) bien recogidos en una trenza que ataba con listones de seda en colores y que adornaba con sus peinetas de plata. Era indudable que en su juventud, Fenella D´Evin había sido una mujer hermosa...


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