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Un Panda en la Playa

Luego de mucha indecisión terminé trepada en un camión con camino a Puerto Vallarta, Jalisco. La idea me emocionaba pues ya tengo como diez años que no voy a P.V. y como cinco que no salgo de la ciudad con motivos vacacionales. Ps total que ai voy... mi madre, mi hermana, su esposo y sus tres lepecillos iban acompañando en el viaje. La ida no fue problema: nos detuvimos en Ahumada a comer quesadillas, en Durango a comer burritos y en cuanto Oxxo se les ocurrió para ir al baño. Puedo decir que no hay nada que reportar durante ese viaje de ida. 24 horas aproximadamente. Cuando llegamos al hotel, ya las personas que salían de regreso a sus casas esperaban al camión.Total... mi hermana y su tribu en una habitación y mi madre y yo en otra. Y estas habitaciones eran bonitas. La nuestra tenía un balcón con vista a palmeras muy linda.

Las comidas eran de bufette, pero como que no me latía haber venido desde tan lejos para comer panqueques crudos y frutis lupis... ni tampoco pollo y carne en un lugar famoso por sus camarones y pescados, verdad? Lo chida del hotel era que tenían barra libre y que tenían un snack bar en donde podías pedir comidita sí rapidina y llevarla a la playa o a la alberca. La playa, por cierto, tenía muchas piedritas, pero eso no impidió que yo me metiera a nadar al mar.

No había conchitas en la playa, las tuvimos que comprar a treinta pesos en el mercado. Nos pasó una tormenta y por primera vez escuché la voz del trueno en el mar y cómo se mueven las palmeras al paso del viento. Fuimos a un restaurante con comida tan rica pero tan cara --- y fuimos a un rinconcito que nos recordó la vieja habana por un momento. Paseamos por el malecón y probamos tequila de las casas. Compramos unos habanos a 100 pesos y luego me debatí en acerca de a quién se los iba a regalar. Mi madre y yo cruzamos ríos y nos reimos de nuestra patética vida amorosa; vimos al pescador en el mar y luego le hicimos buya a un pelícano. Caminamos bajo la lluvia y compramos vestidos huicholes de los mercados americanos. Nos metimos al mar, nos comimos unas brochetas de camarón, comimos cocos y nos despedimos de la playa con la promesa de volver...

... pero el viaje de regreso... el viaje de regreso fue un pago de mil y un karmas. Desde que no teníamos aire acondicionado en uno y esperamos al otro en Las Varas (muy rica comida y se antoja para ir de a mochilazo al pueblito ese) y los dulces de guayabitos. La lluvia arreciante y sofocante en Guadalajara, los apestosos baños del camión y de Durango... fueron 36 horas de camino de regreso y Juárez nos recibió de gala con sus luces nocturnas y sus calles rápidas.

Cada que salgo, Juárez, sólo me doy cuenta de que tú y yo no podemos vivir la una sin la otra...

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