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El Lugar de Todas las Cosas Salvajes -- 2

EL LUGAR DE TODAS LAS COSAS SALVAJES


Cap. 2: El Tunel


Una semana son mucho tiempo cuando los cuentas con gotero y para Irasumi, como que el gotero estaba atascado. Por más que se pasaba viendo por la ventana para ver si el sol así le avanzaba más rapidito, nomás no pasaba nada. Por la noche, casi le tronaba los dedos a la luna para que se apresurara a llenarse. Así como que sentía que la luna estaba en su contra y así como que de puro coraje hasta se tardaba más la muy canija. Al segundo día le dio por ver su estuche. Dentro estaban varios pinceles y frascos con tintas que milagrosamente no estaban secas. Sin embargo, la expectativa y la intriga estaban impidiendo que le interesara la pintura y sólo abría el estuche para comprobar que estaba ahí, que nada era mentira y que, efectivamente, en algún punto de su vida había tenido una mamá.

A veces, Leyb y Devon hablaban de gente que ella no conocía como si ellos las conocieran de hacía mucho tiempo atrás. Era algo que había aprendido a catalogar con la frase de “los chicos serán chicos y más raros si son gemelos como estos dos pazguatos” y seguía con sus cosas, pero ahora era diferente. ¿De dónde había Leyb aprendido otro idioma si ni siquiera sabía hablar bien en este? ¿Cómo supo Devon que su padre se llamaba Aik si Leyb no lo había dicho cuando estaban leyendo la carta? Y lo más importante, ¿qué había querido decir su hermano cuando dijo que por qué habrían de negarle la alegría de ser parte de la familia?

Algunas noches se vio a sí misma escurriéndose de su recámara en el ala de las niñas para ir a la cocina y robar frascos de crema de cacahuate y jalea con pan cortado o fruta y colocarla en un morral para su próxima aventura porque estaba segura que los pazguatos de sus hermanos no prepararían nada y eran los primeros en decir que tenían hambre. ¡Hombres! ¡Llégales por la barriga porque tragan a todas horas!
Diariamente los tres se sentaban en la banca para estudiar el mapa y ver todas sus rutas de escape. Devon se propuso buscar una ruta fácil para poder llegar a la ciudad música sin la ventaja de usar magia porque ninguno de los tres había demostrado tener talento mágico alguno…
- Ni modo – decía Leyb – le salieron malos los genes a mi apá.

Todo lo planearon cuidadosamente. Tal vez las institutrices debieron sospechar que algo tramaban desde el momento en que Leyb se comenzó a portar bien y a hacer su tarea. Pero las inocentes pensaron que tal vez los dioses hubiesen escuchado sus plegarias y que el monito vudú que la Gran Institutriz tenía en su despacho estaba dando resultados.

- Vamos a hacer un viaje muy largo – decía Irasumi a Pepe mientras ambos trataban de dormir por las noches – y tal vez tengas miedo, pero no te preocupes porque somos cuatro y entre los cuatro nos vamos a cuidar mucho.

Cuando menos lo esperas, es el día indicado. Irasumi estaba ansiosamente esperando el golpecito en la ventana que le diera la indicación de que la esperaban en el punto “R”. Cargaría entonces con el oso, la mochila y saldría por el camino que durante tres días memorizó luego de que todos se fueron a dormir. Luego, correría con todo y mochila hasta el otro lado del patio, en la enorme roca detrás de la capilla en donde la estarían esperando sus hermanos, listos para emprender el viaje. Y ahí estaba Irasumi… y cuando la roca golpeó, casi se muere del susto y por poco despierta a sus compañeras de cuarto. Respiró profundamente para recuperar su buen pulso y salió de puntitas. Primero abrió cuidadosamente la puerta, se percató de que nadie estuviera en los pasillos y como cucaracha cuando le prenden la luz, a correr como endemoniada, tratando de hacer el menor ruido posible, aferrándose al oso como si fuera un salvavidas y con la mochila a su espalda. Aquello pesaba una tonelada, pero no importaba; luego de media noche de caminar, supuso que el peso sería menos al comer parte de las provisiones que llevaba.

Sin contratiempo alguno llegó a la roca. Ahí estaban ya sus dos hermanos, mochilas a la vista. Leyb hizo una seña.

- Tenemos que mover la roca – dijo.
- ¿Qué? ¡No dijimos hada de eso! ¿A qué hora dijimos que íbamos a hacer trabajos forzados? – exclamó Irasumi entre susurros.
- Cuando no estaban las niñas, que nunca dejan planear nada bien.

Entre los tres comenzaron a empujar la roca hasta que ésta (curiosamente) comenzó a moverse. Debajo de ella estaba un hueco que parecía dar a…

- Dice el mapa de mi amá que son unos túneles que se van por debajo del pueblo y salen del otro lado del bosque. La bronca – dijo Devon viendo la roca – es que si nos cachan, pos no vamos a poder correr pa’ ningún lado.
- No importa – dijo Leyb – Algo se nos ocurrirá.

El primero en bajar fue Devon. Una vez en el hoyo, el chico sacó su material de antorcha (siempre hay que ir preparado para todo) y la encendió. Resultó que la caída no era tan profunda y sin ningún riesgo. Los otros dos le siguieron poco tiempo después. En cuanto el último tocó tierra, la roca se movió, provocando que los tres lanzaran un grito.

- Bueno – dijo Devon tranquilizándose – al menos ya no tenemos qué preocuparnos si nos van a seguir o no…
- Vamos – dijo Leyb viendo a su alrededor – tenemos mucho que caminar…
- Mira – dijo Irasumi señalando las paredes. Estaban colocadas unas antorchas secas a los lados. Aquellos túneles habían sido excavados por un profesional, no había duda alguna. Leyb se acercó a una de las antorchas, se trepó por unas rocas para alcanzarla y la desprendió sin dificultad.
- Listo – dijo acercándose a su hermano – Ahora tenemos luz para rato. ¿Nos vamos?
- Primero… - dijo Devon sacando la bolsita mágica de su mochila.
- ¡Perfecto! – exclamó Leyb. Luego, dirigiéndose a su hermana – Vamos a vaciar lo de las mochilas en esta bolsa para no andar cargando tanto.
- ¿Se puede? – preguntó ella.
- ¡Claro! – dijo Leyb señalando lo obvio – Es una bolsa mágica. Le cabe de TODO.

Sonriente y confiada, Irasumi sacó todo lo de su mochila y Devon lo depositó en la bolsita. Acto seguido, le siguió Leyb y al final Devon. Irasumi se dio cuenta de que los tres habían pensado en el lonche, pero que sólo Devon pensó en los primeros auxilios, que Leyb había pensado en la defensa y que ella pensó en traer cerillos, tienda de campaña y cobija para resguardar el frío. Luego, como si nada, los tres dejaron sus valijas en la entrada y siguieron su camino. Los dos chicos llevaban las antorchas y la chica iba en medio de los dos, abrazando al oso y viendo temerosa a los lados. Cierto era que usualmente era bravucona y todo lo demás, pero inclusive ella tenía que admitir que aquel lugar era oscuro, húmedo y daba miedo. Devon y Leyb no paraban de hablar, lo cual era bueno; Irasumi siempre disfrutaba de las conversaciones de Devon y Leyb, quienes parecía que sus cuentos eran más bien como memorias pues los contaban con mucha emoción y jugo. Se corregían mutuamente. “No, acuérdate que así no era…” o, “Oye, ¿te acuerdas cuando…?” Y luego comenzaban a hablar de un tal Kube y se quedaban callados para luego cambiarle el tono a la conversación y dejaban de hablar de él.

Caminaron probablemente durante horas. La emoción hacía que el cansancio fuese nulo, realmente. Aquellas antorchas parecían estar hechas para durar largas jornadas. Cuando una pareciera apagarse, inmediatamente se colgaban de las paredes del túnel para desprender otra y seguir su camino. Así, llegaron a un punto donde una lápida partía la cueva en dos.

- ¿Qué dice? – preguntó Irasumi al acercarse a examinarla mejor.
- Es Leonino – dijo Devon ajustándose las gafas.
- Sí, bueno, pero ¿qué dice?
- Dice que estos túneles – comenzó a leer el otro moviendo su dedo por debajo de los dibujos de la lápida – fueron hechos por un genio que se llamaba… ¿Llaves?
- ¿Llaves?
- Pos así dice… Dice que se llamaba Llaves y que él hizo estos túneles durante el periodo del reinado de Su Majestad… Co-Colmillos de Gil.
- ¡Uta! – exclamó Leyb - ¡Mi apá todavía ni nacía!
- Bueno, ¿y tú cómo sabes? – dijo Irasumi irritada.
- Bueno, supongo, ¿no? Mira, si se ve bien… bien viejilla la piedra esa…
- No es una piedra – dijo Devon poniéndose de pie y con cara de asco – Es una lápida…
- ¡SPIU! – exclamó Irasumi dando un salto para atrás - ¡Estamos pisando la tumba de alguien que se llamaba Llaves!
- ¡Oye! – dijo Leyb emocionado - ¿Crees que si excavamos encontramos sus huesos?
- ¡Vamos a sacarlo! – exclamó Irasumi de pronto intrigada.
- ¡Oigan ustedes dos! – chilló Devon - ¡No vamos a andar sacando gente de su tumba, no importa lo curiosillos que se vean sus colmillotes en el cráneo! Pos estos…
- Aguafiestas – dijo Leyb casi indignado.

Se volvieron a ver el camino que tenían que seguir.

- ¿A la derecha o a la izquierda? – preguntó Irasumi.
- A la derecha – dijeron los dos hermanos a coro siguiendo el camino de la derecha.
- ¿Y cómo saben?
- Porque la guitarra la agarras con la derecha – dijo Leyb haciendo el movimiento – el violín lo tomas con la derecha y el compás del piano siempre empieza con el pie derecho.
- Y todos esos son patrones musicales – dijo Devon.

Irasumi los vio un momento y se encogió de hombros. Eran dos contra una y casi estaba segura de que a Leyb le seguía una horda de demonios, así que el número era de pronto sumamente mayor. Qué remedio. Al poco rato, la caminata parecía comenzar a cobrar con intereses. Decidieron entonces hacer un pequeño campamento y fogata con la ayuda de las antorchas de las paredes. Afortunadamente para todos, la manta de Irasumi los cubría perfectamente a todos y, luego de pan con crema de cacahuate y leche de cabra, una platicadita de cama y las buenas noches, se quedaron profundamente dormidos, uno prácticamente encima del otro.

Al despertar, Devon se vio solo. Escuchó las voces de sus hermanos a poca distancia de ahí y de pronto vio que pasaba luz en esa dirección. Tan rápido como pudo, guardó la manta en la bolsita mágica y se apresuró a ir. Los otros dos estaban a punto de abrir completamente una puerta en el techo de la cueva, apoyándose en los escalones cavados en la pared de la misma. Estaban usando el arco de Leyb como palanca (y al parecer el material era bastante resistente pues a pesar del peso aquella cosa no se partía en dos). Justo iba a preguntar lo que hacían cuando ambos pudieron abrir la puerta, cayeron al piso y la luz de la tarde pegó directamente en sus caras.
Luego de acostumbrarse a ver bien, salieron. Estaban en medio de una pradera y no muy lejos de ahí vieron un bosque antes de unas enormes montañas rocosas. El viento soplaba meciendo los grandes zacates como quien mueve cabello con un peine. Las flores variaban de tonos morados, naranjas y amarillos, dando el espectáculo de una aurora boreal en tierra. Arriba, el cielo comenzaba a pintarse de rojo al ir cayendo la tarde.

- Probablemente nos dormimos todo el día – dijo Devon - ¿Creen que debamos seguir por encima del túnel? No veo el pueblo por ningún lado.
- Tal vez sí – dijo Irasumi – No quisiera seguir caminando por ese lugar. A Pepe le da miedo.
- Ay si tu… “a Pepe”…
- Pero, ¿y a dónde nos vamos? – preguntó Leyb. Acto seguido, Devon se sentó sobre el césped, abrió la bolsa y sacó un enorme libro y una brújula - ¿Te robaste un Atlas? – Leyb sonaba alarmado.
- Pareciera que te sorprende – dijo Irasumi – Si se robó el botiquín de primeros auxilios…

Devon no prestó atención a los comentarios. Sus dedos se movían ágilmente, buscando un mapa que sabía que había visto en algún lugar de ese libro que emitía un olor a hoja podrida ya de lo viejo que estaba. Al fin, encontró la página que buscaba: era un mapa de la zona, al parecer, hecho a mano.

- Este es el pueblo – dijo señalando la imagen. Tomó la brújula y observó – Desde que nos fuimos, esta madre apunta al norte – dijo – y si seguimos al norte, de acuerdo al mapa, llegamos a la Meseta del Unicornio – apuntó a las montañas – que son esas. Entonces, si mis cálculos son correctos, tenemos que cruzar la meseta y llegamos al Bosque del Silencio…
- O sea, el desierto… - interrumpió Irasumi.
- Sí, por eso, el Desierto que antes era bosque. De ahí la caminata es corta a la Ciudad Música. Nomás atravesamos un desierto y un bosque más y ya san se acabó.
- ¿Así de fácil? – Irasumi cruzó los brazos de manera irónica.
- Bueno, si salimos vivos.
- ¿Vivos?
- La meseta es territorio demoniaco – dijo Leyb sonando como todo un experto en el tema – y luego, el desierto del silencio no es un lugar muy lindo que digamos y después tenemos que cruzar territorio de los hombres-pájaro y dios sabe qué otra sorpresilla nos llevemos por ahí.
- ¡Dios mío! ¡Ustedes dos me van a matar! – exclamó Irasumi - ¿De quién fue esta grandiosa idea? ¡Nos vamos a morir!
- ¡Eytale! ¡Tú querías conocer a tu familia, ahora ni modo de rajarte, rajuchis!
- ¡Sí! – dijo Devon guardando el libro y la brújula y poniéndose de pie junto con su hermano - ¡Ahora se aguanta!

Irasumi los miró severa y se cruzó de brazos.

- Más vale que esta familia valga la pena… - dijo. Leyb sonrió.
- ¡Que si la vale! ¡Te va a encantar!
- ¿Cuánto apuestas que el Heavy la va a tener bien chiple?
- Ja, ja, ja, ¡hasta vestiditos de encaje le va a querer poner, me cae! – Leyb y su hermano rieron ante la visión de Irasumi en un vestido de encaje tutú y zapatitos rojos.
- ¡Ya párenle los dos! ¡Esa es otra que me traigo atorada! – exclamó Irasumi molesta - ¿Por qué ustedes dos siempre andan actuando de esa manera, como si conocieran a la gente?
- Ay criatura – dijo Devon abrazándola de manera fraternal – Es un asunto muy largo, luego te lo explico.
- Sí. Por ahora creo que debemos acercarnos más al bosque para poder hacer un campamento. No creo que debemos irnos caminando entre la noche…
- Buena idea.

Irasumi no estaba muy convencida, pero supuso que ambos tenían razón en eso de ir por el bosque en la noche. Afortunadamente para todos, ella era buena en eso de organizar las lunadas y poner tiendas de campañas. Había empacado la suya por si las moscas les tocaba andar en tierra de nadie; le encantaba dormir bajo las estrellas. Muchas veces soñó que tenía alas y que volaba por el cielo para tocar una. Luego despertaba cuando al aterrizar se caía de la cama. Sus hermanos se burlaban de ella cuando la veían con el chichón en la frente pero luego la hacían sentir mejor cuando Leyb compartía con ella el postre que lograba sacar del comedor sin que nadie se diera cuenta o los dulces que Devon obtenía de las institutrices por su buen comportamiento. Con estos pensamientos de poder volar y de soñar con conocer a su familia fue que se quedó dormida. Por otro lado, Leyb atizaba el fuego de la fogata mientras que Devon se incorporó.

- No me puedo dormir – dijo sentándose junto a su hermano - ¿Y tú?
- Tampoco. Esto de estar en territorio de Zac no me da muy buena espina, aunque creo que Zac tiene cosas más importantes qué hacer que andar secuestrando lepes a medio bosque que bien mejor pueden ser botana para los lobos.
- ¿Te acuerdas de Zac? – preguntó Devon acurrucando las rodillas contra su cuerpo y abrazándolas para recargar su cabeza sobre ellas. Leyb suspiró.
- De cada detalle – dijo – ¿No te preguntas cómo carajos fue que pasó?
- No entiendo.
- Bueno, supuestamente cuando regresas en las reencarnaciones y todo ese pedo sales con borrón y cuenta nueva, ¿no?
- Algunas veces puede haber excepciones.
- A veces quisiera no acordarme de nada… no ser la excepción esa que dices.
- Bueno, pero si no recordáramos nada, entonces no sabríamos cómo llegar a la Ciudad Música ni nada de eso… y no nos acordaríamos de los buenos ratos que pasamos juntos la otra vez… porque nos la pasábamos bien juntos, ¿verdad?
- Sí.

Se quedaron callados.

- Por el otro lado, - dijo Devon – tampoco nos acordaríamos de lo malo…
- Es mejor no pensar en eso.
- Cierto.

Se quedaron callados.

- ¿Sabes que es lo único que me apena? – dijo Leyb.
- ¿Qué?
- Irasumi.
- ¿Qué tiene? Es un alma nueva pero es a toda madre.
- Si, lo es, pero eso no es lo que me apena.
- ¿Entonces?
- Bueno… tú y yo… tuvimos a Universo…

Devon supo lo que su hermano había querido decir. De verdad, no se había puesto a pensar en eso, y el hecho de que la imagen se le vino de pronto a su cabeza lo hizo sentirse ligeramente triste por su hermana, quien ahora roncaba como santa, abrazando a Pepe y con una sonrisa de oreja a oreja.

- ¿Quién crees que fue nuestra progenitora ahora? – preguntó de pronto Leyb.
- No lo sé – dijo Devon – Pero me gustaría saber las razones que tuvo para hacer lo que hizo… Lo que sí es que estoy seguro de una cosa.
- ¿De qué? – preguntó Leyb y Devon abrió la bolsita y sacó el libro que estaba dentro de la caja, pasándolo a Leyb para que lo viera. Era pequeño, lleno de notas y dibujos de plantas raras. Sin embargo, lo que dejó helado a Leyb fue que el libro estuviese firmado por una persona llamada Alacrán.
- De que nuestra madre, fuera la que fuera, nos conocía perfectamente a ti y a mí, y a toda la familia, desde hace mucho tiempo.

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