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CUENTO: El fin del Mundo


El Fin del Mundo
Yuvia H Chairez
A los compañeros de Veterinaria
6:30 a.m.

¡Ay, qué pinche cruda!

Ese es el saludo de mi cerebro al abrir los ojos. En verdad que nunca antes la cama había estado tan calientita y suavecita como el día de hoy, miércoles, un día de junio. 

El primero en decirme “¡Buenos días, güey!” es el tapado escusado del baño. El espectáculo verde-amarillezco que salió de mi boca sólo provocó que le precediera otro espectáculo amarillo-verduzco (‘ora sí que dos horas de variedad continua). Un poco de agua y la imagen es la misma. “A ver”, de digo a manera de regaño, “¿dónde quedó el espíritu de la fiesta de anoche?”. “¿Qué no se acaba de ir por el resumidero en forma de guacareada verde?”, me respondo, a regañadientes. Hoy no me aguanto ni yo y eso que apenas son las 6:30 a.m.


¡Ah! Pero eso sí: anoche, éramos el cuerpo y alma del antro al que nos fuimos a pistear. ¡Debería darnos vergüenza! En miércoles y ya con estos escándalos. Cuando entré a la universidad no era tan borrachota:  en la prepa, era una niña buena, que siempre saludaba sonriente “Buenos días”, o “Buenas tardes”, dependiendo de la hora, siempre preocupada por los exámenes entrantes y por hacer la tarea; ahora, creo que son afortunados si de perdis digo “Buenas”, mi madre nunca sabe en donde ando y creo que el Lunes es el único día en que ando sobria, porque de ahí en más es puritita borrachera oculta (y eso porque el lunes no están funcionando los antros de vicio y porque el domingo en la tarde ya se nos acabó la lana para seguir pisteando). A esta hora, mi cerebro ha dejado un letrerito que dice: “Deje sus asuntos con la secretaria”

9:30 a.m.

¡Pero si parece que todo el pinche mundo está en mi contra, carajo! Nadie se mete conmigo, nadie reconoce mi existencia, todos en armonía completa, pero ¡noooo! Hoy al mundo se le ha pegado en gana de que yo sea una especie de yoda del conocimiento: que por qué sutanita no vino, que por qué merenganito es joto, que por qué aquella anda con aquel, que por qué al perro se le administra tal dosis de tal medicamento en tal enfermedad, que por qué la luna y el sol... Pongamos las cosas en claro:

Primero que nada, la pinche camioneta decidió irse de vacaciones y no avisar. Así como lo oyen:  al salir de mi casa me di por enterado de que había contratado los servicios expertos de la agencia de viajes “Compas 13”, famosos por toda la ciudad por su tendencia a desubicar vehículos sin el consentimiento de los propietarios. Ni las llantas le dejaron, los cabrones. En fin, luego del berrinche, tomé una ruta. ¡Otra pinche chingadera! El chofer venía pero si en exceso de velocidad en los límites de los caracoles, me cae; poco me faltó para bajarme a empujarlo al güey. Pero, de pronto, que ve otro camión, ¡y que se arma! Pero por supuesto que el otro era un camión de la “línea competencia”, porque el re-jijo de su perriuska-miuska se arrancó como si fuera la Indianápolis 500 y a los pasajeros poco nos faltó para decir “muuu”, pero me cae de a madres que a las vacas las transportan con más cuidado. Bueno, lo que tenía que pasar pasó: nos detuvo tránsito y, después de darle el respectivo moridón, ¡zácatelas! Que chocamos. Nos tuvimos que subir a otro camión que, aparte de lento, iba lleno, con las ventanas herméticamente cerradas ¡¡y yo con esta cabeza a punto de explotar como vil cuete del 16 de septiembre!!

¡Total! Llego a clase, tarde, por supuesto y, para acabarla de amolar, examen sorpresa. ¡Víctor jijo de su--! Si mis ojos fuesen asesinos en serie, Víctor ya estaría muerto, resucitado al tercer día y vuelto a matar. Se preguntarán ustedes cómo me fue. Pues bien, me fue como a condenado a silla eléctrica, al cual el Gobernador ni conoce: mal, mal, mal.

Bajo las escaleras más de a fuerzas que de a ganas. Tengo guardia en el Laboratorio, lo cual no es algo que quiera hacer. Llega el Doc, hecho una furia, hablando incoherencia y media (típico de cuando se enoja): que los de nutrición son una bola de pendejos que no le entienden, que los de zootecnia son unos huevones, que la pinche monja ya lo tiene harto pero que ahora sí se la va a chingar en la junta, que el Pérez está loco, que dónde anda Ofelia, que tiene mucho trabajo, y que dónde diablos dejé el refractómetro...

¿¡Qué-qué-qué!? ¡Un momento! ¿Qué dónde dejé el refract—qué?

1:30 p.m.

Oficialmente, el día ha salido de Guatemala...

... para caer en GuatePEOR...

Parece que Anaís piensa que su vida es la más interesante del mundo. ¿Cómo puedo explicarlo? Ustedes saben que existe una parte del cerebro que te dice cuándo una historia no será entretenida para los demás y que no debes contarla, ¿cierto? Pues Anaís nació sin una. Comenzará una historia y se irá en tiempo regresivo con detalles irrelevantes y que no vienen al punto. “Vi a Nestor hoy; Nestor nació en 1977; 1977 fue un buen año para el trigo; el trigo fue descubierto por el hombre primitivo...” ¡Dios! Caes inconsciente y después de hora y media, sigue “... al enfriarse la corteza terrestre...” Mi sombra le dispara para luego tomar a la sombra de Anaís y tratar de ahorcarla, en un intento desesperado por huir. Mi cara, sin embargo, le brinca una gran e hipócrita sonrisa, mientras que mi cuello se mueve como los muñequitos desnucados que ves a la venta en las esquinas de la Juárez.

Saliendo de ese infierno, entrar a otro. El Dr. Martínez piensa que su clase es la más entretenida de todas, con su voz de locutor nocturno y espera que no me duerma. Pero hoy, justamente hoy, se le ha ocurrido la brillante idea de pasar diapositivas de parasitismo en animales y, en cuanto mi estómago ve un hígado infestado de gusanos, inmediatamente grita, “¡Bajan!”, y todo – el poco – desayuno sale por el hoyo de arriba. Total que todos salimos asqueados de esa clase.

Mi cabeza me da vueltas y vueltas. Tengo sed, tengo hambre. Y me encabrono conmigo pues me siento peor que adolescente que ve demasiadas telenovelas del canal 2: tomo agua, va pa’ juera; como algo, va pa’ juera; tomo clamato, va pa’juera; tomo cerveza, va pa’juera... ¿¡Tons’ qué chingaos quiero pues!?

3:30 p.m.

Pinche sol, se carcajea de mi desgracia...

4:30 p.m.

Mi vida apesta igual que este baño de mujeres. Me he tomado dos sal de uvas y hasta parece que le hubieran dicho a mi intestino “chingatela”, porque ahora, aparte de cruda, ando de niña cursi...

5:30 p.m.

Estoy en mi casa. Mandé a la vil chingada el trabajo, ni que me pagaran tan bien. ¡Me lleva la que no me trajo! El teléfono suena. Mientras la máquina contesta, yo escucho las llamadas, haciendo caras a cada una de ellas.

¡Riiiin! Hola, soy yo. No estoy en casa, si quieres contactarte conmigo, déjame en paz. Beeep.

¿Yuvis? Habla Octavio (¡Oh, qué bien!) ¿Por qué no has llegado a la oficina? (porque no tengo ganas) te espero, tengo que irme, por favor, ven (Nel, ni maiz)

...
Hola, oyes, es Anaís (Oh, no, no, no, no) Oyes, fíjate que mi portátil, la que me regaló Esteban, el chavo que conocí en enferm (dioses, que se calle, ¡que se calle!) y que me dio un apretón aquella vez... bueno, ese chavo, esa portátil, se comió mi trabajo (¿Y? Eso a mí no me importa), por favor, ayúdame. Háblame, pliiis (Claro que te hablaré, ¡cuando los cerdos vuelen!)

...
Hi honey, it’s me! (¡ptuaj!) Andrew. Talk to you tomorrow (Yeah! You wish!)

Oyes, güey, habla Laura, contes--- Interrumpo al levantar la bocina ¿Bueno? Laura, soy yo... no, estaba acostada... ¡clarines!... pero pasa por mí... ¡pos porque se la robaron!... ¡Ay no sé!... mira, pasas por Diana, vienes por mí y de aquí nos vamos con Ofelia, ¿sale? Okis-dokis...

Después de todo, el fin del mundo puede ser esta noche y no hay mejor forma de acabar con una cruda marca acme mas que iniciando una borrachera con el mismo número de serie... ¿o me equivoco?







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